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Bigas el sibarita, un capítulo de ‘Casi todos mis secretos’

06/04/13 por Victor Amela

bigas luna libro victor amelaBigas el sibarita (capítulo de “Casi todos mis secretos” (Víctor Amela, Ediciones B 2012)

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   Bigas Luna es conocido como director de cine. Es sabido que tiene muy buen ojo para elegir actores. Sabe ver lo que atesoran. Es un hombre de afinada sensibilidad y morro muy fino, un perro trufero de la estética y de la vida. Porque Bigas Luna, además de artista, es un gran sibarita.

   Bigas Luna es el mayor sibarita que conozco. Lo es porque tiene la mente abierta, es muy curioso y está a la última de todo lo importante. Como los filósofos antiguos, entiende que la sabiduría consiste en saber cómo vivir. Y él se dedica a eso, a convertir su estilo de vida en su mejor obra de arte.

   Vive en una casa rural en el campo de Tarragona, en Virgili. Un topónimo ideal para Bigas, que encarna lo que Virgilio propugnaba en “Las bucólicas”. Bigas cultiva su propio huerto –sin herbicidas, pesticidas ni fertilizantes sintéticos-, del que come cada día. Y su corral de gallinas: “yo sólo como gallinas felices”, proclama. Gallinas a las que nadie recorta el pico y que campan por sus respetos picoteando cositas buenas. De postre, saborea un trozo de pasta de cacao pura que casi nadie puede conseguir en España, y que le vitaliza las arterias.

   Tiene también una cuadra con siete burritos. A Bigas, cuando regresa de una gran ciudad, nada le sosiega más que entrar en ese cercado y dejarse rodear por los asnillos, que le achuchan y se le frotan. Él los abraza, les acaricia las orejas y se serena. La estampa relaja por sí misma.

   A Bigas le interesan las investigaciones del japonés Etsuro Emoto acerca de la conciencia del agua. De ahí deduce que la intención que ponemos al hacer algo queda impregnada en lo que hacemos, en los objetos, las palabras, las obras, los alimentos, una carga de sutilísima y homeopática información que se transmite. Por eso hunde sus manos en la tierra del huerto con amor para cuidar sus lechugas felices.

   Bigas atiende al consejo que le brindó un riquísimo magnate americano: “lávate los platos con tus manos de vez en cuando”. Hacer cosas con las manos nos reconecta con nuestra propia esencia, nos humaniza, nos hace más inteligentes y capaces. Bigas dibuja con acuarela, sobre papel que previamente deja envejecer a la intemperie. El resultado es magnífico, con cierto perfume oriental.

  El propio Bigas tiene algo oriental, como de Buda sonriente y jovial. “El erudito de las carcajadas” es precisamente un autor anónimo chino del siglo XVI cuya obra es ahora una de sus lecturas predilectas, “Jin Ping Mei”, divertido y aleccionador compendio de pasiones humanas, con abundantes escenas lujuriosas. Hablando de chinos, el lema de Bigas es una máxima de un autor chino: “¡la clave de la felicidad es tener los intestinos limpios!”.

   Bigas, está claro, es un poeta. Sus padres murieron, pero él sabe que viven en las palmeras que se levantan ante su casa: la alta y recta, masculina, es su padre; la exuberante y desparramada, femenina, es su madre. A los pies de la madre planta rosas, que le gustaban; a los del padre, tomillo, con el que cada noche se hacía una sopa.

  Bigas Luna es un militante infatigable de la imaginación. De la mano de esa imaginación maravillosa disfrutará siempre de la vida y seguirá creativo hasta el fin de los tiempos.

 

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