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La Contra | Åsa Larsson, novelista: ‘Me inspiran las atrocidades del Antiguo Testamento’

02/09/12 por Victor Amela

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Åsa Larsson, novelista
Tengo 46 años. Nací en Kiruna y vivo en Uppsala (Suecia). Fui jurista y soy escritora desde hace ocho años. Tengo dos hijos, Stella (13) y Leo (11). Fui muy izquierdosa, y hoy no tanto. Espero que haya algo después de la vida. El subsuelo de Kiruna, horadado, está hundiéndose. . .

Su pueblo, Kiruna, es muy protagonista en sus novelas…
Pasé allí los veranos de mi niñez, a 200 kilómetros al norte del círculo polar Ártico, ¡y ahora está hundiéndose…!

¿Hundiéndose?
Su subsuelo está horadado por las minas de carbón de las que vivió en el siglo XX.

¿Y qué harán?
Abandonar el pueblo y reconstruir otro a tres kilómetros. Esto me obsesiona: es mi geografía espiritual, mental…

“Se canta lo que se pierde” (Machado).
¿Quién es Machado? ¿Me repite la frase? ¡Anótemelo todo en este papel, por favor!

Rememore alguna vivencia en Kiruna.
Mi abuela me enseña a ordeñar vacas en la granja, arrastramos el carrito de la leche, recogemos boñigas… Me embelesa el olor de establo: ¡es mi aromaterapia particular!

¿Sus padres estaban por ahí?
Eran bibliotecarios y profesores, tenían cursos y actividades que hacer, y me dejaban con los abuelos. Eran muy religiosos.

¿Sus padres o sus abuelos?
Mis padres eran ateos y comunistas fanáticos. Mis abuelos eran religiosos fanáticos.

¿Cómo vivía este cruce de influencias?
Yo llegaba a casa con buenas notas…, y mis padres me sermoneaban sobre la importancia de la clase obrera.

¿Estaban muy comprometidos?
Siempre había en casa reuniones de activistas, matrimonios abiertos…

¿Le atraía a usted todo eso?
A los 16 años me hice muy religiosa. Y me afilié a la iglesia de la que eran mis abuelos.

Marcaba terreno ante sus padres…
Iba mucho a misa, leía la Biblia, participaba en las actividades parroquiales… Buscaba mis respuestas. Y luego estudié leyes, ¡algo alienado y burgués para mis padres!

¿Qué le quedó de ellos?
El deporte: adoro correr, patinar, esquiar… El padre de mi padre fue oro olímpico de esquí de fondo. Para mi padre fue muy dura esa sombra… ¡Pobrecillo, mi padre!: primero hijo de famoso, ahora padre de famosa…

Usted, claro.
Mis novelas son muy famosas en Suecia, sí.

¿Y qué dice su padre?
Se siente íntimamente orgulloso…, pero no se permite expresarlo.

¿Y por qué no?
La cultura tradicional lapona se prohíbe alardear. Le hablan de mi éxito, y él sólo dice: “Me alegro de que pueda vivir de esto”.

¿Cómo lleva usted lo de los deportes?
Cada año cumplo con una competición tradicional sueca: 90 kilómetros de esquí de fondo, más 30 kilómetros de bicicleta, más 30 kilómetros de correr, más 3 kilómetros de nadar.

¿Todo seguido?
¿Está loco? ¡Soy vikinga, sí, pero no tanto! Se cubre en el transcurso de un año. Es la tradición de mi familia: libros y deportes.

¿Se apearon sus padres del fanatismo ideológico?
Mis padres se separaron. Mi madre se declaró lesbiana. Yo tenía 16 años, era muy religiosa y me sentí fatal: la vi en el infierno. Así que ¡recé mucho por mi madre!

Buena hija.
Pero entendí que no había nada de malo. Y me enfrenté a mi iglesia. Y fui expulsada.

¿Y con su padre, todo bien?
Frecuenté la biblioteca que custodiaba y leí mucho a Hans-Eric Hellberg…

¿A quién?
Un autor sueco muy de moda entre los adolescentes de entonces. Me enamoré de él, le escribí una carta… ¡y me respondió!

¿Le hizo eso escritora?
Me arranqué a escribir durante mi segunda baja de maternidad. Mi vida laboral -como jurista- y mi vida personal eran tan monótonas que me sentía morir por dentro…

¿Escribir le salvó?
Creé mi mundo. En la primera escena maté a un tipo de pelo largo llamado Victor…

Qué arranques, mujer…
Creé en mi mente un escenario de crueldades y crímenes… ¡Y todo a causa del Antiguo Testamento!

¿Por qué dice eso?
Rebosa de atrocidades: peleas, asesinatos, violaciones colectivas… ¡Lo leí tanto en mi juventud…! Y lo que lees de joven te acompaña toda la vida.

¿Sus novelas negras beben directamente del Antiguo Testamento, pues?
Sobre todo del Libro de los Jueces, en el que sucede lo peor de lo peor y Dios decide no intervenir.

Me quedo con el rey David robándole la esposa al amigo y enviándolo a morir.
¡Un gran cabrón, sí! Yo me quedo con Caín y Abel… Dios indagando quién ha matado a su favorito… ¡Gran novela negra, sí! ¿Y qué me dice de María Magdalena?

¿Qué?
No era esa novia pánfila de Jesús que nos pinta Dan Brown. ¡Era una mujer combativa, principal discípula! Me gustan las mujeres fuertes que aparecen en la Biblia.

Que habrán inspirado a su investigadora protagonista, Rebecka: descríbala.
Trabajadora pertinaz, introvertida y deseosa de reconciliarse con sus raíces.

¿Como usted?
Yo volví a Kiruna tras años de ausencia, y es verdad que sus gentes me hicieron sentir una distancia que he querido salvar.

¿Y lo ha conseguido?
Sí. Y ahora va el pueblo… ¡y se me hunde! Qué injusto, qué injusto.

Cuando pase tu ira

Åsa Larsson me asusta un poco con su mirada lapona y fría. ¡Y más cuando me suelta que me ha matado en una novela! (bueno, a una especie de doble mío). No soy lector de novela negra, pero paso un agradable rato con esta autora de ficciones truculentas que cautivan a miles de seguidores del género. La última es Cuando pase tu ira (Seix Barral) / Fins que passi la teva fúria (Columna). Impregnada de la modestia lapona familiar, ella me confiesa: “Aún me pellizco para convencerme de que estoy viviendo de esto: ¡qué enfermizo me hubiese parecido soñarlo!”. Atribuye el éxito de la novela negra sueca a la novedad, al frío exotismo nórdico y a las incertidumbres del siglo XXI.

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