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La Contra 3-1-2008 | Emili Teixidor, escritor: ‘Si lees, quedas maldito para siempre’

19/06/12 por Victor Amela

emili teixidor la contra por victor amela

Tengo 74 años. Nací en Roda de Ter y vivo en Barcelona. Soy escritor. Estoy soltero, sin hijos. ¿Política? Procuro estar centrado. ¿Creencias religiosas? Prefiero una duda honesta a una falsa piedad. Me gusta nadar

¿Para qué leer?


Para vivir más.

Poderosa razón.


Y porque las palabras te ayudarán a explicarte el mundo, a explicarte a ti mismo.

Leyendo ¿te lees?
Cuando tienes la cabeza desordenada acudes al médico de las palabras, el psicólogo, ¿no? ¡Porque las palabras ordenan el caos! Ya dijo Joseph Brodsky que invertir en bibliotecas era ahorrar en sanidad.

¿Qué hacer para que los niños lean?
Nos da tanta pereza ocuparnos de nosotros, que preferimos ocuparnos de los otros…

Ya: ¿padres lectores dan hijos lectores?
Tampoco, claro… Puede ayudar, pero no garantiza nada. ¡Quizá unos padres que impidiesen leer espolearían más la lectura!

Hombre…
Carme Riera explica que su padre tenía siempre bajo llave la biblioteca, y eso encendió su deseo de acceder a esos libros…

A ver si habrá que prohibir leer…
Yo no confío mucho en las campañas a favor de la lectura; quizá sería mejor advertir a los jóvenes que, si leen, ¡quedarán malditos para siempre! Cosa que, encima, ¡sería cierta, ja, ja…!

“Lee si te atreves… ¡y corre con las consecuencias!”

Algo así, sí. La mejor estrategia para que alguien lea ¡es generarle el deseo de hacerlo!

Explíqueme cómo generar ese deseo.
“Hoy quiero hablaros de dos libros”, anunciaba un profesor. Los chavales le hacían notar que llevaba tres libros, a lo que él decía: “Ah, no, no, este tercer libro no os conviene, no estáis preparados…”, y lo dejaba a un lado. Al irse, dejaba los tres sobre la mesa y se iba.

¿Y qué pasaba?
Muchos chavales se lanzaban a curiosear el tercer libro, tomaban nota.. ¡Y muchos lo leían, además de los dos recomendados!

Había logrado inflamarles el deseo…
Otra amiga, Care Santos, cuenta que cuando sabía que sus hijos iban a apremiarla a hacer algo, ella se ponía a leer: “Esperad, esperad a que acabe esto, ¡no puedo dejarlo ahora…!”, les suplicaba, lo que despertaba en los chavales curiosidad por ese libro.

El ordeno y mando no sirve, ¿no?
No, aunque de los 7 a los 12 años sí deberíamos inocular ciertas rutinas y disciplinas.

¿Por ejemplo?
Una hora al día de lectura en voz alta en clase. ¡Educa el oído, el gusto por el texto!

Eso en clase. ¿Y en casa?
Explicarles cuentos, contarles cosas, leerles, cantarles… Lo importante es la lengua, jugar con el lenguaje.

¿Qué más podríamos hacer en clase?
Aparte de anotar en la pizarra la fecha del día, el profesor podría escribir en ella un verso distinto cada día.

¿Un solo verso?
Sí. Los chavales no tienen por qué entender su sentido, ¡no importa! Tenemos la manía de que hay que entenderlo todo… Importa la música de las palabras, su indescifrable sentido, su misterio, ¡el embrujo del lenguaje! Y puede que alguno de esos versos, algún día, atrape a alguno de esos niños…

Entendido. ¿Alguna otra propuesta?

¡Una hora de silencio obligatorio al día, con un libro sobre la mesa! Sin exigir que lean. Unos leerán muchas páginas, otros ninguna. Da igual: lo que importa es propiciar un espacio para la posibilidad de la lectura, imprimir una rutina a favor de esa actividad tan antinatural consistente en estar quieto leyendo. El que no lea ¡aprenderá al menos a estar quieto y callado una hora!

¿Hacían eso en su escuela de niño?
Sí. Era una hora obligatoria para todos, del director al conserje. Todos en silencio.

¿Qué le indujo a usted a leer?
Un grupo de compañeros de la escuela nos pasábamos libros, al margen de la escuela. Primero eran novelitas de Leonor del Corral, estilo José Mallorquí, o Doc Savage, El Coyote… y así llegué a Stendhal. Uno de aquellos colegas era Miquel Martí i Pol, que me enseñó a apreciar la poesía.

¿Deberían los niños leer a los clásicos?
Enseñémosles el canon literario, pero démosles a leer sólo fragmentos de clásicos.

Sugiera más estímulos para la lectura.
A modo de juego, podemos incitar a los niños a coleccionar palabras extrañas. O a comparar una película de moda con el libro que la haya inspirado. O a inventar finales alternativos a una historia…

Más.

O a dramatizar un texto. El teatro es un acicate riquísimo, y pasa siempre por la lectura de un texto… Más aún: exige memorizar. ¡Y sin memoria no hay inteligencia!

¿No?
“La memoria es el marcapasos de la inteligencia”, dice George Steiner. Y durante demasiado tiempo la hemos desacreditado, hemos estado engañando a nuestros niños…

Gracias por regalarme tan buenas ideas.
Otra: las escuelas tienen muchas paredes vacías: ¿por qué no cubrirlas de frases, como las calles están cubiertas de anuncios?

Pero siempre habrá gente que no leerá.
Sí, obviamente, pero yo soy optimista: hoy en día ya no hay analfabetos, técnicamente. Así que todo el que quiera leer ¡leerá!

Bien, pero a alguien a quien le cueste mucho leer… ¿qué le receta, doctor?

Toma un libro, en prosa o verso. Ábrelo. Lee una línea. Ciérralo. Prohibido más: sólo una línea por día, ¡sólo una!

VÍCTOR-M. AMELA, 3 de enero de 2008

Algunas sugerencias
Una vez le pregunté al insigne erudito Roberto Calasso qué podía hacer yo para que mis hijos leyesen: “Señalar un libro con el dedo índice es ya contraproducente”, sentenció. “Sólo deje libros por su casa, aquí y allá…”. Esto desculpabiliza a los padres, pero también desasosiega, ya que querríamos que nuestros hijos fue- sen mejores que nosotros. Por eso son de agradecer las sugerencias de Teixidor en La lectura y la vida (Ariel) / La lectura i la vida (Columna). Pregunto a Teixidor qué tres libros de su biblioteca prestaría a un adolescente: La isla del tesoro, de Stevenson, la trilogía La materia oscura, de Pullman, y El guardián entre el centeno, de Salinger. Felices Reyes.

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