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La Contra | Carlos Soria: ‘Nadie ha tenido que subir a rescatarme: ese es mi orgullo’

28/02/12 por Victor Amela

carlos soria, por victor amela

La Contra | Carlos Soria: ‘Nadie ha tenido que subir a rescatarme: ese es mi orgullo’

Tengo 73 años. Nací en Ávila y vivo en la sierra de Madrid. He sido tapicero, y soy alpinista. Estoy casado y tengo cuatro hijas y cuatro nietos. ¿Política? No mentir. ¿Dios? Me gusta creer que algo por ahí puede ayudarme. . . ¡Ninguna cumbre merece la uña de mi dedo pequeño!

 

¿Para qué subir montañas?

Para nada.

 

¿Entonces?

Nos llaman “conquistadores de lo inútil”: subir montañas no es práctico. Pero me gusta.

 

¿Cómo se encuentra?

Ilusionado: me voy a subir los 8.091 metros del Annapurna.

 

Pero… ¡tiene usted 73 años!

¿Y qué? Voy a culminar las tres montañas de más de 8.000 metros que me quedan.

 

¿Cuántas lleva coronadas?

Empecé a los 51 años con el Nanga Parbat, y hoy llevo once de los catorce ochomiles del mundo. El último, el año pasado: el Lhotse.

 

¿Con qué edad coronó el Everest?

Con 62 años. Pero más difícil es el K2, y lo hice con 65 años. ¡Soy la persona que ha culminado esas cimas con mayor edad!

 

Tengo 51 años: ¿me pongo a subir?

¡Edad espléndida! Ha sido la edad en que mejor me he sentido en mi vida. ¡Quién los pillara! Si te has mantenido en forma y te gusta, ¡adelante! No hay inconveniente.

 

¿Algún achaque?

Un poco las rodillas y las lumbares. Pero en la montaña se cura todo. Y hago esquí de fondo, corro maratones, escalo, entreno…

 

¿Y qué tal el corazón, los pulmones…?

En un congreso de cardiología, a mi cardióloga le preguntaron sobre los parámetros de mi corazón, y respondió: “El corazón es normal, su órgano fuerte es la cabeza”.

 

¿Y qué es tener la cabeza fuerte?

Tener sentido común y humildad para tomar las decisiones correctas, ¡incluida la de dar media vuelta y bajar de la montaña!

 

¿Aunque estés llegando a la cumbre?

Sí. ¡Ninguna cumbre merece sacrificarle ni una uña del dedo pequeño del pie!

 

Hay montañeros que han perdido dedos de pies y manos por congelación…

Los síntomas de congelación avisan: ¡media vuelta! Si te la juegas, eres tonto del culo.

 

¿Qué siente al llegar a un ochomil?

Ganas de salir corriendo.

 

¿Perdón? ¿Acaso no se extasía?

Ahí arriba… ¡estás de más! Una cumbre de 8.000 metros no es lugar para vivir. No hemos sido diseñados para estar ahí arriba. Así que cuanto menos tiempo allí, ¡mejor! Yo hago una foto… y me bajo.

 

¿No paladea el triunfo?

No, porque no puedo decir que he subido una montaña… hasta que la he bajado.

 

Nos olvidamos del descenso, es verdad.

Mientras subo, yo no me olvido de que luego deberé bajar. ¡Mi orgullo es que nadie ha tenido que subir nunca a rescatarme!

 

¿Y si un día tienen que rescatarle?

Lo consideraré un fracaso, una derrota.

 

¿Ha rescatado usted a compañeros?

Sí, y han sido los momentos más tristes de mi experiencia como alpinista: a veces he recuperado cadáveres…

 

¿Qué le ha dado más miedo allá arriba?

Los aludes. Por suerte, sólo me han rozado.

 

¿La montaña es traicionera?

La montaña jamás miente. ¡Otra cosa es que alguna vez yo no haya sabido interpretarla!

 

¿Cuál ha sido su mejor momento escalando montañas?

¡Todos los momentos son buenos! Los viajes, los pueblos y personas que conoces, los días previos a la ascensión, los primeros rayos de sol mientras subes… ¡La escalada de la montaña es casi lo de menos!

 

Me sorprende.

Escalar por escalar es monótono: lo bueno es todo lo que lo rodea y la convivencia con los compañeros. Yo disfruto cada momento. El que sufra en la montaña ¡que no vaya!

 

Muy razonable.

Vi a un coreano ansioso por llegar a la cumbre, la cumbre, la cumbre… Y llegó… ¡Y murió sólo llegar! Qué absurdo.

 

¿Qué lo llevó a usted a la montaña?

Soy de familia de tapiceros, y desde los 12 años he ejercido, ¡y con buena fama! Pero nací con la pasión por la naturaleza y la montaña, y escalo desde los 15 años.

 

¿Ha podido pagarse sus expediciones con su trabajo?

Organizaba expediciones, cobrando a los que se apuntaban. Luego encontré patrocinadores. Salir a la montaña ha sido siempre mi pasión.

 

¿Y qué dice su mujer de esta pasión?

Me conoció en la montaña: ¡sabe lo que hay! Yo nunca le mentí, desde el primer momento le dije la verdad: ¡tendría que compartirme con la montaña! Y ella aceptó. Y jamás se ha quejado: ella siempre me respalda.

 

¿Se conoce a gente interesante arriba?

He hecho buenos amigos. Tengo estrecha amistad con un sherpa de 80 años, Moktu, que dice que no se retirará hasta acompañarme a mi último ochomil.

 

¿Cómo son los sherpas?

Profesionales. ¡Moktu ha subido ocho veces al Everest y 24 veces a un ochomil!

 

¿Algún consejillo por si subo un día?

Bebe agua con miel: yo lo hago para paliar la sequedad de la garganta.

 

¿Conoce a algún otro alpinista septuagenario?

Que también suba ochomiles, hay sólo otro, que yo sepa: un japonés.

 

Lleva usted audífono, veo.

Oigo mal en lugares cerrados. En la montaña me lo quito…, y lo oigo todo perfectamente. ¡En la montaña todo me duele menos!

 

¿Tiene previsto retirarse?

¡No!

 

¿Nunca tirará usted la toalla?

Me retiraré si un día empiezo a sufrir en vez de disfrutar.

 

¡Al Annapurna!

Es un hombre menudo y de mirada vivaz que aparenta muchos menos años de los que tiene. Tenga la edad que tenga, tras hablar con él entiendo que lo tiene claro: nunca se permitirá hacer el ridículo en la montaña, es decir, nunca toleraría que nadie tuviese que arriesgarse en su rescate. Es un tipo recto, transmite energía y serenidad: da gusto hablar con una persona tan diáfana y aplomada. Pide arroz para comer (“¡y eso que en las expediciones comemos siempre arroz…, pero es que me gusta!”). La semana que viene, patrocinado por el BBVA, viaja al Himalaya y verá a sus amigos del pueblo de Sama, su segunda casa: les llevará el proyecto de una granja de yaks para ayudarles a ganarse la vida.

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