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La Contra | Álvaro Pombo, escritor: ‘Mis padres me sacaban para entretener a las visitas’

23/02/12 por Victor Amela

alvaro pombo por victor amela

Tengo 72 años. Nací en Santander y vivo en Madrid. He limpiado pisos, he sido telefonista de un banco, profesor…, y soy escritor. Estoy soltero y sin hijos. Estoy con el partido de Rosa Díez, UPyD. Soy cristiano, no católico. ¡Los jóvenes lo tienen hoy muy difícil para ser felices!

Descríbase.
Doy bien en las fotos.

Ajá. Añada algo más.
Me veo viejo. Tengo una cabeza antigua. Con cierta nobleza. Bonita. Judaica. ¡Una cabeza de sefardita elegante, te diría!

Siga.
Una boca curva de labios finos que parecen indicar una mala leche… que no tengo.

¿Seguro?
Soy impaciente, eso sí. Y, a veces, iracundo. Y me enfurezco con la gente. Y grito como Yahvé. Y luego me avergüenzo. Porque un enfado es casi siempre absurdo.

¿Como Yahvé, dice?
¡Yahvé siempre grita! Pero no se avergüenza, a diferencia de mí.

¿Desde cuándo escribe?
Me ha gustado siempre hablar. “Sal a entretener a las visitas”, me ordenaban mis padres. Me reían las gracias, lo que reafirmó mi personalidad, mi identidad. Y hoy me enorgullece tener voz poética propia.

¿Sí?
En medio del ruido general, conservo mi propia voz. Escribí entre telefonazos…

¿Qué telefonazos?
Además de limpiar pisos en Londres, fui telefonista en un banco: “Banco Urquijo, dígame” es la frase que más veces he repetido en mi vida. Y escribía poesía entre llamada y llamada… Hasta que me presenté a un concurso literario.

¿Cómo le fue?
Tenía poco margen de tiempo para escribirlo, así que dicté el libro. Y gané. Hoy sigo dictando mis libros. Vivo en un mundo hablado, contando cosas… Con un riesgo…

¿Qué riesgo?
El de la verborrea, la locuacidad excesiva.

Dicen que su obra es pregay: ¿qué significa eso?
Lo dijo Eduardo Mendicuti, señalando que lo que escribo es previo a la ideología gay.

¿Hay una ideología gay?
Sí, un modo dominante de ser gay: la pluma, el amaneramiento, lo sobreactuado, lo sissy. Yo no soy así: yo soy homosexual. Veo reduccionista esa ideología, poco integradora, caricaturesca y cómica.

¿Desfilaría en una parada gay?
No, porque no me desnudaría, y mi corbata y mi traje no lucirían nada en el desfile.

¿Iría a una manifestación por la crisis?
Lo peor es una persona sin un quehacer remunerado. Eso derivará en patologías psicosomáticas. Es el mal que ojalá erradicásemos. Sería mí alegría.

Le veo ya alegre y enérgico.
Procuro librarme de la malquerencia, la envidia, procuro alegrarme con el bien ajeno. ¡El bien puede hacerse!

¿Cómo?
Una recta intención basta: ¡eso es el bien! El mal es ser pusilánime, ser cobarde.

¿Qué es ser valiente?
Ir más allá de lo obvio, comprometerse. La buena voluntad es lo único plenamente bueno: vivir así día a día es vivir heroicamente.

¿Cuál es su máxima?
Suelo citar una de Rilke: “¿Quién habló de victorias? ¡Sobreponerse es todo!”.

Un programa de mínimos, ¿eh?
No se trata del triunfar esplendorosamente, sino de no ser aplastado por la acidia, la desgana del bien obrar.

¿Lo aprendió de joven?
De joven, cualquier pequeño bienestar ¡era un lujo! Disfruté mucho de cosas muy sencillas. Hoy los jóvenes lo tienen más duro.

¡Pero si lo tienen todo!
Pues por eso: el listón del bienestar está alto, es infernalmente complicado, son muchos los obstáculos para la felicidad.

Por ejemplo.
Vas a comprar a una tienda de ropa y la ves forrada de fotos de chicos y chicas bellísimos… ¡Es una tortura psicológica! Nunca serás así, es inalcanzable: se aboca a los jóvenes al fracaso. Lo lamento por ellos.

Podría darse algún revulsivo…
En Europa hemos perdido la energía. Vivimos en una cultura del simulacro, en un teatrillo… Aquí no vamos en serio.

¿No? ¿Por qué?
Porque aquí no nos jugamos la vida. ¡Sí están jugándosela los de la primavera árabe!

¿Qué les pediría a los políticos?
Sensibilidad ante el dolor ajeno. Si así fuera, no derrocharían ni se corromperían, pues hay familias desahuciadas de sus casas.

¿Piensa en un político en particular?
Me ha gustado ver al Follonero morder a Jaume Matas en televisión y no soltar la pieza, como deberían hacer –y no hacen– todos los periodistas políticos.

¿Qué político foráneo le gusta?
Cameron rechazando el chantaje de los independentistas escoceses: que se vayan si quieren irse. Cuando tu hijo te amenaza con largarse de casa si no le dejas hacer su real gana, tienes que decirle: “Pues vete”.

Cíteme a alguien a quien admire.
José Antonio Marina. De jóvenes íbamos juntos en moto a tomar una tapa, ¡y con eso éramos felices! Es un gran pensador, y admiro su generosidad infatigable.

¿Cuál ha sido su vocación frustrada?
Me hubiera gustado ser profesor de lógica. ¡O filósofo, vamos! Como Sartre.

¿Qué es lo que más le disgustaría que dijesen de usted?
Que soy un ladrillo, que soy un plomo, que soy pomposo. ¡Qué horror!

No tema: pomboso acabará siendo antónimo de pomposo, ya verá.
Gracias, ja, ja… ¡Me gusta abreviar!

El temblor del héroe

Nos citamos en un hotel y se pide un vaso de leche caliente y una aspirina, porque está medio afónico y algo griposo. Un par de espontáneos, lectores agradecidos, lo saludan al paso con afecto. Álvaro Pombo tiene lectores fieles, amantes de su literatura vibrante, a la vez sentimental e intelectual. Muchos de esos lectores lo son por el encanto personal de su autor, al que da gusto escuchar por la amenidad y simpatía con que dice las cosas. Merece la pena darle premios para oírle hablar al recogerlos, como en el último premio Nadal, concedido a su novela El temblor del héroe (Destino), dónde denuncia “ese pasar por el mundo resbalando, sin sentirse concernido por nada”.

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