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Crítica de TV | ‘Cuánto cuento’, por Víctor Amela

26/02/12 por Victor Amela

Los protagonistas de ‘Hermano mayor’ tienen que teatralizar ante las cámaras los conflictos de sus vidas

Cuánto cuento

VANESSA. Vanessa es una chica valenciana de 18 años que patea puertas, rompe vajillas y cristales, da patadas a las sillas y puñetazos a los armarios, destroza el piso de su sufrida madre. Vanessa es una vaga desmadrada, una juerguista alocada que consume cocaína a tutiplén. Necesita dinero para su adicción (“todos los sábados voy a drogarme hasta que me muera, cada sábado me como tripis, pastillas, speed, coca, ketamina, cristal, cápsulas, todo en una noche”), y como acaba de entrar en la mayoría de edad, se presenta ante su madre para exigirle a gritos y golpes que le entregue “su oro” (collares, pulseras, pendientes): la madre se planta y se niega, Vanessa insulta y rompe cosas, espeta enormidades contra sí misma, su madre, el vecindario y el mundo. Esta es una pelea que madre e hija impostan ante las atentas cámaras de Hermano mayor (Cuatro). Este programa es un teatro en el que adolescentes y jóvenes de muy mala cabeza y peor vida acceden a ser grabados y a que Pedro García Aguado (hermano mayor) les enseñe a recomponer su torcida existencia. Este programa gusta al personal porque asistir desde casa al desbarajuste vital del prójimo resulta siempre consolador o catártico. El espectáculo lo aporta el conflicto, la pelea, la discusión, el choque paterno-filial y los esfuerzos del coach por meter en vereda a estas criaturas descarriadas. Esto permite al telespectador jugar a condenar o apiadarse de los personajes. Este relato tiene una verosimilitud muy relativa, porque la presencia de las cámaras distorsiona necesariamente las situaciones que vamos viendo, las teatraliza. Pero construir un espectáculo televisivo con la desgracia de una familia gratifica al telespectador sólo si en el broche final de la historia se le ofrece un amago de redención. Y así terminó anteanoche el cuento de Vanessa en Hermano mayor: vemos a la chica aprendiendo a cuidar leones marinos en el parque oceanográfico de Valencia, feliz y contenta. Y abrazando a su esperanzada madre: “A partir de este sábado voy a dejar la droga”, le promete Vanessa, entre las lágrimas agradecidas de la buena señora. Ha sido un caso sencillo para Hermano mayor. ¡Ojalá la vida fuese tan fácil! Hermano mayor es sólo un cuento televisivo, no es la vida. Pero la vida, al final, sólo es comprensible si te la cuentas como un cuento (que termina, también, entre lágrimas).

IÑAKI. La declaración de Urdangarin ante el juez es un filón para los bares del call de Palma… y para la televisión. Los informativos televisivos nos traen imágenes de la fiesta: pirámides de bocadillos para los periodistas apostados, viejecitas del Imserso que viajan a la bajada de los juzgados, mimos callejeros, pancartas antimonárquicas… Aire de fronda y mercadillo, de feria y cadalso. Urdangarin se detiene ante las cámaras y recita de corrido que defenderá ser inocente. Pero el telespectador no atiende a palabras, sólo a las imágenes, y esto es lo que ve: un delgado y consumido Urdangarin que camina, agarrotado, inseguro, asustado, arrimado a la pared. El juicio mediático es mudo: lo hace tu cerebro visual.

CÉSAR. César, concursante de Pasapalabra, se llevó el viernes el bote de 1.524.000 euros: la audiencia ascendió al 23% y favoreció a Piqueras. Da gusto ver ganar con su agilidad mental y capacidad léxica a un concursante como este César, un chico modesto y tranquilo de Cuenca. Una emoción antitética a la de Hermano mayor, muy nutritiva y salutífera.

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