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CRÍTICA DE TV | Anuncios pintados

09/01/12 por Victor Amela

CRÍTICA DE TV

Anuncios pintados

Víctor-M. Amela
Podría pintarse una caja de comida para perros junto al mastín de ‘Las meninas’ de Velázquez

En una escena de un capítulo de una serie norteamericana vemos un cartel que anuncia una marca comercial de una cadena de tiendas de gafas, Alain Afflelou. Cuándo se rodó dicha serie norteamericana (Mentes criminales,emitida el otro día en Cuatro), ese cartel no estaba ahí, como puede comprobarse acudiendo a su versión original en internet. Ha sido el canal de televisión emisor, previo pago de la marca anunciante, quien ha incrustado ese cartel digitalmente en la escena original, como si siempre hubiese estado ahí. Se trata de product placement digital, una nueva práctica publicitaria que la actual tecnología posibilita.

Nada garantiza a partir de ahora que una inminente reposición de Los Soprano no incluya un anuncio de perfume, leche, cerveza o lavadora de venta en tiendas de España. La técnica permite que no se note nada el apaño, de modo que la marca queda integrada en el relato. Si hay una industria adaptativa sobre todas las demás, es la publicitaria, como se ve. Ya se ha dado el caso de alguna novela escrita a sueldo de una marca comercial, para que los productos de la marca aparezcan en momentos clave de la acción.

Colocar anuncios en las escenas de las series es lo último. Lo siguiente podría ser pintar en el original de Las meninas una coca-cola en la mano de Velázquez, o quizá un paquete de comida para perros junto al mastín que reposa a los pies de la infanta Margarita. En Los fusilamientos de la Moncloa de Goya bien podría pintarse una caja de tiritas. O, por quedarnos en Velázquez, un buen vino del Priorat en Los Borrachos o una marca de bragas en Las Hilanderas.Estoy exagerando, lo sé: una obra pictórica así tratada padecería un daño irreversible (o no, por que los restauradores de obras de arte son muy diestros: quizá podría conseguirse que cada año fuese una marca comercial diferente la que se anunciase en Las meninas o en El jardín de las delicias de El Bosco, lo que solucionaría los problema de tesorería del Museo del Prado). Puede que una obra pictórica quedase dañada, pero una serie de televisión no, porque son copias digitales: no hay un soporte insustituible, sólo una versión original, que es la que diseñaron y ultimaron sus creadores. Del mismo modo que una película diseñada y ultimada en blanco y negro no puede colorearse sin que chirríe su estética y se malbarate la intención artística de sus creadores, cabe preguntarse hasta qué punto no es un atentado contra la integridad artística de la serie cada una de dichas intrusiones publicitarias, por muy bien encajadas que estén en la escenografía de la acción, por muy bien integradas que estén en el relato.

Habría que preguntarles su opinión a los autores de la serie, puesto que ellos han aceptado vender su obra para que las televisiones hagan lo que quieran con ella, cómo es el caso. Así que, de todos modos, lejos de mí cualquier tentación de escandalizarme: sé que hasta en los Evangelios hubo textos interpolados en diversos momentos, y que el paso de los siglos ha acabado por metabolizarlos y diluirlos en el conjunto original.

¿Y si alguno de esos anuncios sobrevenidos digitalmente acaba por dotar de algún sentido nuevo y enriquecedor a la obra original? La televisión es heteróclita y bastarda por naturaleza, intrínsecamente alejada de la pureza. Como la vida. No puedes bañarte dos veces en la misma serie, y menos ahora.

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