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CRÍTICA DE TV | El rostro del rosco

11/12/11 por Victor Amela

CRÍTICA DE TV

El rostro del rosco

Víctor-M. Amela

Carlos Adán, el concursante récord de ‘Pasapalabra’, ¿está siendo ayudado a seguir, tras 37 días?

Cada tarde de cada día de cada semana, mientras zapeo, veo aparecer en pantalla el rostro de un desconocido que está ya dejando de serlo, claro. Es el rostro de Carlos Adán, madrileño de 38 años. El rostro de Carlos Adán se me aparece en el centro del rosco de letras de Pasapalabra (Telecinco).

Carlos Adán da respuesta a las definiciones que el presentador Christian Gálvez le desgrana, y ya lleva encadenadas 37 victorias, lo que le da derecho a seguir concursando, programa tras programa mientras el bote crece y crece. Mañana lunes, Carlos Adán vuelve a concursar por trigésimo octava vez, con un bote acumulado de 1.218.000 euros. Carlos Adán se convierte así en el concursante más longevo de este famoso concurso. Ingeniero de telecomunicaciones y aficionado al ajedrez, a Carlos Adán se le da bien el mítico rosco. Es un tipo tranquilo y sencillo, sereno, de aspecto anodino y apacible, con el que acaba identificándose el telespectador medio de Pasapalabra,que sueña con que juntos se comerán el rosco y se llevarán el abultado bote.

Que un concursante resista y persista facilita al telespectador el proceso de familiarizarse con él, que se establezca un vínculo emocional, una identificación, lo que cursa en beneficio de la cuota de pantalla del concurso. “¿Caerá hoy?”, se pregunta el telespectador, “¿o seguirá?” Un factor de intriga, de desafío, que juega en favor del programa. No puedo dejar de pensar en la historia de Quiz show,aquel concurso fundacional de la televisión estadounidense que tuvo cautivados a los telespectadores, enamorados de un concursante que parecía imbatible, erudito, guapo, pulcro, encantador. Hasta que se descubrió el pastel: los productores del programa le soplaban con antelación las preguntas para que se preparase las respuestas. Habían constatado que ese tipo gustaba a la gente, que atraía audiencia y anunciantes, de modo que decidieron ayudarle a seguir concursando, en beneficio de todas las partes. Pero a la gente no le hizo ninguna gracia descubrir la cruda verdad: fue un mazazo terrible para la candidez norteamericana. El alma del país líder del mundo resultó herida, zarandeada, ofendida: había perdido la inocencia, lo que resultó muy doloroso. Fue un revés, casi como si ganar la Segunda Guerra Mundial no hubiese servido de nada. Estados Unidos se dejaba la virginidad entre las bambalinas de un plató.

El imaginario de una nación había resultado ultrajado: había descubierto que la televisión era, por encima de todo, un negocio, una nueva rama del show business.Ahora, más de medio siglo después, todos estamos ya muy resabiados y curtidos, y son muchos les telespectadores que sospechan que alguien está ayudando a Carlos Adán – según comentarios leídos en páginas digitales sobre televisión-,pero eso no resta interés al programa, no pasa nada. Importa la incertidumbre, la emoción y el entretenimiento, importa la gestión del espectáculo por parte de los responsables del programa. Quizá ni siquiera Carlos Adán sea consciente de cómo están jugando con él para permitirle seguir adelante… Ya calibrarán los responsables un balance coste-beneficio, ya sopesarán si les sale más o menos a cuenta dejar ganar o hacer caer a Carlos Adán. Todo en televisión es cuestión de cálculo y de balance de resultados, y no siempre la integridad y la limpieza son lo que más y mejor cotiza en tan democrática bolsa. Es que en el país de los pícaros, el televisor es el rey.

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