La Contra...

La Contra | Cristina Hoyos, bailaora

22/08/11 por Victor Amela

Cristina Hoyos, bailaora

“Me iré despacito y al compás”

Tengo 65 años. Nací y vivo en Sevilla. Soy bailarina. Vivo en pareja hace más de 30 años con Juan Antonio, bailarín también. No tenemos hijos. Soy de izquierdas. Me acuerdo de Dios a mi manera. He actuado con la quimio puesta, con coraje. Superar un cáncer te aclara cosas

VÍCTOR-M. AMELA
Siempre quiso bailar?

Sí, pero yo me veía tan bajita, flacucha y feúcha…

¿Y qué hizo?

Escuchar a mi padre: me animó a pasar sobre mis complejos.

¿Era su padre bailaor?

Era vendedor ambulante, albañil, fotógrafo. Era muy animoso, trabajaba en lo que salía: años muy duros, la posguerra andaluza…

¿Eran pobres?

Una sola bombilla iluminaba la pieza en la que vivíamos mis padres y cuatro hermanos. Y la teníamos casi siempre apagada, porque no había dinero para pagar la luz.

Vaya…

Yo era la pequeña. La pieza daba a un patio de corrala. Era feliz.

¿Quién le enseñó a bailar?

Yo solita mientras escuchaba la radio de un vecino. Y venía bailando desde el colegio. Y me encerraba en casa a bailar.

Pura intuición

Algo misterioso. Porque desde niña mi cuerpo era flexible, y tenía oído, y tenía ritmo: ¡yo había nacido para bailar, nací bailarina!

Habla como si fuese una reencarnada.

Nací el mismo año en que había muerto la Argentinita, una innovadora del baile… Luego he visto fotos y películas, y me cautiva…

¿Y cuándo decidió usted bailar profesionalmente?

A los doce años mi padre empezó a llevarme al teatro. Vi bailar ante el público, y supe que eso es lo que yo quería hacer también, que quería dedicar mi vida a bailar. Y empecé a hacerlo a los quince años, antes de la edad legal…

¿Su padre se lo permitió?

Mi padre sabía que la alternativa era trabajar horas y horas en la fábrica de tejidos, cobrando una miseria, como mis hermanas mayores… Me concentré en lo mío: ni chicos, ni salir, ni nada. ¡Sólo bailar, y bailar cada día más y mejor, para cobrar más…!

¿Y qué hacía con ese dinero?

Comprarme zapatos y vestidos de baile. A los 15 años gané mis primeras 100 pesetas. Y cuando ahorré un poco, le compré un frigorífico a mi madre, que no tenía. Era 1962.

Luego ha llegado a ser gran estrella…

Recuerdo mi primera salida al extranjero en 1965, a Nueva York: qué altos eran todos los edificios, más altos que la Giralda…

Pero es Japón el país que más aprecia su baile, ¿no?

Lo de Japón es muy enigmático, como el propio flamenco. Sienten veneración absoluta por el flamenco

¿Por qué será?

Son muy herméticos emocionalmente, pudorosos al expresar sentimientos; creo que admiran la efusión de sentimientos que el flamenco se permite: alegría, tristeza, amor, dolor, tragedia… Lo triste les llega mucho.

Tiene usted misma un aire de grabado japonés…

Sí, me lo han dicho… Y los siento muy próximos. En 1800 los tripulantes japoneses de un galeón se instalaron en Sevilla, quién sabe si tengo una tatarabuela por ahí…

¿Viviría en Japón?

¡Sí!

Le brilla la mirada…

Es que amo Japón. Pero primero Sevilla, ¿eh?

Una mirada muy vivaz, por cierto.

Es que aprecio la vida, y estoy muy feliz de estar aquí y de lo que soy. Superar un cáncer te hace pensar, te aclara las cosas… Me conformo con bien poco.

¿En qué le ha cambiado el cáncer?

Yo actuaba con la quimio puesta… Con coraje. Y el público lo apreciaba. Agradezco la vida. Procuro vivir las cosas con mayor intensidad y saborearlas más. Ya no me preocupa nada el qué dirán, y soy siempre optimista: no pierdo un solo minuto en apesadumbrarme por cosas malas.

¿Cuál ha sido su mayor fortuna?

¡He tenido muchas! Yo digo siempre que tengo estrella. Por eso no he temido a nada.

Un ejemplo.

A los veinte años ya bailaba con el mejor: Antonio Gades. Y he dirigido el ballet flamenco de Andalucía. Y, sobre todo, estoy con Juan Antonio, mi gran amor.

Su marido

Bueno, no tenemos papeles, ¡pero vivimos juntos hace 30 años!

Juntarse sin casarse tenía su mérito hace 30 años…

Ya le digo que no tengo miedo. Vamos juntos a todos lados, no nos separamos nunca y somos muy felices. Ojalá la vida nos permita seguir envejeciendo juntos…

¿Cuándo empezó a tener identidad propia como bailarina?

Yo diría que fue en 1974, con Bodas de sangre.

¿Cuál es el piropo más bello que le han dedicado?

“Sus manos son como palomas, perfilan sus manos esculturas en el aire…”.

Olé… ¿Y alguna crítica adversa?

Ya le digo que no me detengo un minuto en lo malo. ¡Pelillos a la mar!

¿Cuál es hoy su máximo anhelo?

Ser buena persona. Y cuidar del Museo del Baile Flamenco de Cristina Hoyos, en Sevilla. Me he hipotecado por él.

De no haber sido bailarina…

No me imagino haciendo otra cosa.

Pero algún día dejará de bailar.

Sí. Pronto. Quiero jubilarme de los escenarios. Pero interpretaré de vez en cuando algo que me apetezca mucho Y dirigiré a otros. Me iré despacito y al compás…

 

Tablao flamenco
“¿Tú quieres bailar? ¡Baila!”, le dijo su padre siendo niña; le quitó los complejos de encima y ella bailó. Su padre, comunista clandestino, no quería ver a su hija menor esclavizada en una fábrica. Con el tiempo la fichó Antonio Gades: emparejaron la técnica de él y la intuición de ella durante 21 años. “Era el más grande”, afirma. Hablamos de esto en Barcelona (“ciudad que amo, que me acoge siempre, en la que colaboré en las ceremonias de los Juegos del 92 y en la que viviría”), en el Tablao Cordobés, donde se le rindió homenaje en presencia de su amigo Juan Manuel Serrat. Los 40 años del Tablao Cordobés, institución barcelonesa, se coronan con este premio a Cristina Hoyos.

Deja tu mensaje

Avísame si hay comentarios. Sin comentar, pero me subscribo aquí

Back to top