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La Contra | Josep Llauradó, superviviente de la ‘quinta del biberón’

25/07/11 por Victor Amela

Josep Llauradó, superviviente de la ´quinta del biberón´

“Enviaron a niños a morir, ¡qué trágica es nuestra historia!”

Tengo 91 años. Nací y vivo en Barcelona. Soy sacerdote. Me enviaron a la guerra con 18 años recién cumplidos. Combatí en el Segre y en la batalla del Ebro, y sobreviví. La República perdió la guerra por culpa de la revolución. Yo prefería morir antes que tener que matar

VÍCTOR-M. AMELA
¿Qué hacía cuando estalló la guerra?

Era un joven seminarista, en Barcelona. Nos fuimos a nuestras casas. Ardían las iglesias, las partidas de la FAI detenían a personas por la calle…

¿Corrió peligro su vida?

En una cola para conseguir pan, unos niños me señalaron: “¡Es sacerdote!”. Me escabullí. Desde ese día procuré exponerme menos.

¿Cómo había nacido su vocación?

Yo ayudaba en misa yme gustaba. Mi padre, buen cristiano, se alegró. Mi madre lloró.

¿Disimuló su fe durante aquellos días?

Fui discreto: por rezar podían detenerte, meterte en una checa o fusilarte en la calle.

Las revoluciones son así.

La II República perdió la guerra por culpa de esa revolución. Provocó que la mayoría de gente se decepcionase de la República.

¿A qué se dedicó usted aquellos días?

Acudí a comuniones clandestinas, trabajé en un par de empleos. Y, recién cumplidos los 18 años, movilizaron a los de mi quinta.

La quinta del biberón,¿no?

Sí. Un veinte por ciento no se presentó.

Pero usted sí.

Hablé con mi padre: ocultarse era arriesgado, mejor acudir y confiar en la providencia.

¿Con idea de cambiar de bando en algún momento?

Demasiado peligroso: mi padre me aconsejó no arriesgarme si no lo tenía clarísimo. Tuve un par de propuestas de desertar: las rechacé. ¡Vi fusilar a más de uno por eso!

¿Sabían los de su brigada que era usted un seminarista?

Me hubiesen colgado de un pino. Algo sospecharon… Una noche muy oscura, un sargento me llevó a un punto, me dejó solo y me dijo: “No te muevas de aquí”. Obedecí. Al rato, oí muy cerca hablar en moro:¡los nacionales! Y siguió entonces el estallido de una bomba de mano, que los mató.

¿Qué había pasado?

Reapareció el sargento y volvimos a la formación, sin explicaciones. ¿Me puso a prueba para ver si me pasaba al otro bando? De haberme pasado, su bomba de mano me hubiese matado también… ¿O me avisó con el “no te muevas de aquí”? ¡Nunca lo sabré!

¿Vio muchos muertos y heridos?

A mi alrededor, ante mí… “¡Madre!”, gritaban muchos heridos. Me dolía no poder acercarme a ayudar… La orden era avanzar. “Si te quedas atrás, ¡te pego un tiro!”, decían los jefes. Los buitres se daban festines.

¿En qué ocasión peligró más su vida?

Éramos 120 en mi compañía… y tras la toma de la cota del Merengue… ¡quedamos sólo 18! Éramos niños sin instrucción, hacía sólo cinco días que nos habían dado un fusil: nos enviaron a un matadero. ¡Qué desastre!

¿Iban bien pertrechados?

Camisa y pantalón, sin casco, sin gorro, sin cinta para el fusil… Un despropósito.

¿Pasó usted miedo?

No. Analicé cada situación y actué con prudencia. Reconozco que me puse un poco nervioso un día en que me perdí…

¿Qué pasó?

Nos bombardeaban, me tiré a tierra… ¡y me quedé dormido!, a causa del cansancio acumulado. Al despertar me vi solo, y caminé… Y un francotirador empezó a dispararme: las balas pasaban rozándome…

¿Mató usted a alguien?

Rezaba para no verme en tal situación: yo prefería morir antes que tener que matar. Mi educación y mi fe me daban confianza. Disparé cinco tiros en toda la guerra y sé que no maté a nadie.

¿Le hirieron?

Nunca. Fui muy afortunado. Una vez meparé a mirar un muerto, ¡y una ráfaga de ametralladora barrió por dónde hubiese pisado de no haberme detenido! Vi cómo la artillería hacía saltar pinos desde la raíz, vi cómo un obús no dejaba rastro de tres personas…

¿Cómo acabó la guerra para usted?

En la batalla del Ebro: me ordenaron guardar una posición en la sierra de Pàndols, en primera línea, y me quedé solo. Los nacionales atacaron una trinchera a mi derecha y me rebasaron. ¡Quedé en zona nacional! Y me entregué. Ya ve, yo no me pasé: ¡me pasaron, ja, ja! Fue mi día más feliz de la guerra.

¿Cómo le trataron?

Estuve preso, concentrado en Santoña, allí ayudé al pater del campo… Me llamaban el curita, el catalán.Vino un alférez de la Legión y dijo: “Haber estado en la España roja es como tener el pecado original; vestir la camisa verde devuelve todos los derechos de español”. Tuve que hacerme legionario.

¿Y qué tal?

A los legionarios les oí decir que Franco era alguien sin afectos, sin sentimientos, calculador, cobarde, inhumano… Qué curioso: todos sus rivales al poder fueron cayendo… Me encargué de las misas, y una vez desmonté una comunión general, al saber que todos venían obligados a esa misa: “¡Os invito a chocolate con churros!”, les dije. Mientras, yo rezaba para que los aviones nacionales no bombardeasen la calle de mi familia…

¿Y cuándo volvió usted a Barcelona?

Un año después de terminada la guerra: me reintegré al seminario y me reencontré con mi familia. Supe que mi vocación sacerdotal se había reforzado.

¿Se arrepiente de algo?

No: he sido siempre la mima persona.

¿Cuál es hoy su balance personal de aquella guerra fratricida?

Que todos lo hicieron mal, enviaron a niños a morir… ¡Qué trágica es nuestra historia!

 

Hace 73 años
Hace hoy 73 años comenzaba la batalla del Ebro, la más cruenta de la historia de España, con 100.000 muertos. Ahí dejarían su vida miles de jóvenes catalanes de 17 y 18 años, enviados al matadero por sus gobernantes. Entre ellos mi tío Josep, herido el día en que cumplía 18 años… Esos chavales de la denominada quinta del biberón vieron el crudo rostro de la guerra: cada año en esta fecha entrevisto a un superviviente, un tributo a tanta juventud truncada. De mosén Llauradó, uno de esos jóvenes, me admira su sereno valor y su buen humor. Su único reproche: “Los gobernantes se quedaron en Barcelona y corrieron a la frontera tras haber enviado a morir a miles de críos… ¡O todos o ninguno, ¿no?!”.

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