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TVmanía | La pequeñita Chiqui, 18 de junio 2011

18/06/11 por Victor Amela

Hace años fue noticia la iniciativa de una discoteca (o fiesta popular) consistente en una competición nada olímpica: el lanzamiento de enano. El desconsiderado lenguaje popular tilda como “enano” a toda persona con displasias y acondroplasias causantes de un deficiente crecimiento esquelético de sus miembros, resultando su estatura visiblemente inferior al promedio en edad adulta. En aquella alocada competición popular, la persona de corta estatura era balanceada pendularmente y lanzada a distancia por los brazos de los competidores. Ganaba el lanzador que enviaba a una mayor distancia a su enano.

La controversia que desató la convocatoria desembocó en su suspensión. De nada sirvió que las personas de corta estatura que se prestaron al juego eran mayores de edad, se ofrecían por propia voluntad y en uso de sus plenas facultades mentales, ejerciendo su libertad personal y cobrando un buen dinero a cambio de esa actividad como criatura arrojadiza. De nada sirvió esgrimir libre albedrío y derecho al libre comercio entre adultos consentidores: al enano se le hurtó aquella esporádica salida laboral.

Recuerdo aquello al ver asomarse al plató de “Sálvame” (Telecinco) a una enana de fama televisiva que responde por Chiqui (debutó como concursante de “Gran Hermano”). “¡Que pase la única persona que me hace sentir alto!”, anuncia el presentador, Jorge Javier Vázquez, bajito y jocoso. Y entra Chiqui en el plató y entretiene al personal con su chispa, jovialidad, incultura, desparpajo y tamaño. Chiqui acepta las bromas inofensivas de Vázquez y de sus compañeros, formuladas con cariño punzante y cómplice, a las que replica Chiqui con deslenguada locuacidad y su punto de zafiedad.

La pequeñita Chiqui demuestra no tener complejos por su tamaño. Trabaja y se divierte, entretiene al personal y cobra un dinero. Esto tiene algo de aleccionador: explotar tu tamaño con fines laborales me parece tan legítimo como explotar tu ingenio, tu cultura o tu incultura, tus talentos o tus torpezas, tu belleza física o tus deformaciones, tus capacidades o tus discapacidades. Si no hay abuso ni explotación y nadie fuerza la voluntad de nadie, ¿por qué hacer distingos?

Otra cosa son los menores de edad forzados a la alta competición deportiva o al espectáculo por padres, tutores, familia y sociedad: eso sí me desasosiega.

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