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La Contra | La Vanguardia : Leo Abadía, tutor de hijos de multimillonarios

08/03/11 por Victor Amela

“Mis alumnos tienen pagadas quince vidas”

Tengo 49 años. Nací en Zaragoza y vivo en Valldoreix. Estoy casado y tengo 10 hijos, de 21 a 3 años. Creo que soy un liberal. Soy católico practicante. Busco excusas para celebrar cosas con familia y amigos. Enseño a jóvenes muy brillantes… que aún no saben que lo son

VÍCTOR-M. AMELA
¿Qué alumno es el más rico que ha tenido?

Todos juegan en grandes ligas: sus padres tienen miles de millones de euros…

¿Y qué les enseña usted?

A ponerse en movimiento.

¿Están parados?

O no han funcionado en los estudios, o les cuesta responsabilizarse de sus deberes, o están desmotivados… Sus padres los traen.

¿Qué les falta?

Son brillantes…, ¡pero ellos aún no lo saben! Yo les ayudo a descubrirlo…, y arrancan.

¿Cómo lo hace?

De entrada, los escucho. Suelen ser jóvenes aplastados por la personalidad de sus triunfadores padres, que les han sermoneado, afeado, reñido… Y eso los tiene avasallados.

Pero con toda la vida pagada.

No una vida, ¡quince vidas! Eso no les hace felices, sólo les tiene distraídos: con tiempo y dinero…, ¡acabas por hacer bobadas!

¿Qué bobadas?

Me llama uno: “He alquilado el circuito tal y me voy con unos amigos a quemar unos Porsche, para liberar tensiones…”.

¡Quemar Porsche!

“Liberar tensiones”… ¡Tensiones yo, que tengo diez hijos! ¿Pero tú…, tú…? Ja, ja, ja…

¿Y qué les dice usted?

Me gano su confianza y les hago ver que están viviendo en una burbuja.

Otro ejemplo.

“Tengo mucho lío: tengo que organizar que lleven mis caballos de la finca de Extremadura a la finca del Rocío, para la romería…”. Otro: “Te recoge mi chófer, te trae a mi avión privado y nos reunimos ahí, que no me apetece ir al despacho…”.

¿Y qué hace usted?

Pondero gentilmente el avión, y enseguida voy al grano. Luego ya entienden que se trata de trabajar, y vamos al despacho, o a la empresa: esto me interesa mucho…

¿El qué?

Visitar juntos la empresa de la familia: ahí veo cómo se desenvuelve, si siente interés por algo, si está muy perdido, si no tiene ni idea… Después de eso, hubo un caso en el que decidí no seguir con ese alumno.

¿En qué caso?

Maltrataba, despreciaba públicamente, gritaba, ofendía o insultaba a sus empleados. Mal fondo: con esa persona no puedo trabajar. Ha sido sólo un caso.

¿Cuál es el perfil más común?

Son buenas personas con autoestima erosionada, anhelos de ser escuchados, de sentir cariño, afecto, de hacerse valer… Uno, agenda en mano, fingía que le costaba encontrarme hueco para una reunión, ¡y vi que la tenía en blanco! “Es que no quería que creyeras que no hago nada…”, me confesó luego.

Entonces hace usted de psicólogo…

Piense que algunos han tenido más trato con su guardaespaldas que con sus padres… Les falta confianza personal, creen que no van a poder ganarse su sitio. Y yo les ayudo.

¿En qué consiste el curso?

Es individual, de un solo alumno, personalizado, y con los mejores profesores posibles en diversas materias de su interés: los contrato entre directivos de empresas de su entorno local. Lo principal es que haya buena química profesor-alumno, una comunicación fluida, amigable…

¿Es fácil conseguirlo?

Sí, aunque hay caprichitos que… Un alumno me exigió que le cambiase a un profesor: “¿No lo hace bien?”, le pregunté. Y me respondió: “Sí, sí, es muy bueno, pero… ¡lleva unas corbatas de mezcla… ho-rro-ro-sas!”.

¿Y qué hizo usted ante este alumno tan hipersensible?

Si de verdad no hay química…, cambio al profesor. Pero aquí hice comprender al alumno que le convenía superar lo de la corbata y aprovechar a ese buen profesor. Aceptó. Eso sí, le regalé un par de corbatas de seda al profesor, ja, ja…

¿Algún otro capricho chocante?

Uno quería aplazar una clase porque…

¿Cada cuánto tienen clase?

Una mañana o una tarde enteras por semana. Durante el tiempo que haga falta, que suele ser de un año y pico…

Quería aplazar la clase porque…

“Un amigo me propone irnos a esquiar a Colorado… ¡Mañana! Nos vamos un grupito todo el fin de semana. Un helicóptero nos deja en la cima de una montaña, y bajamos esquiando”. Pagaba todo él: con lo que gastaba en un fin de semana, ¡yo mantengo a mi familia durante cuatro meses, le expliqué!

¿Tienen muchos gorrones alrededor?

Moscones, y algunos les proponen negocios… que al final se van al agua. También he tenido algún alumno que estaba anulado por el padre…, pero que tenía en mente un negocio… Yno se atrevía a decírselo a papá.

¿Por qué?

Porque el bisabuelo, el abuelo y el padre se habían dedicado a la fundición del hierro… ¡Y él odiaba el hierro! Su sueño era montar una cadena de restaurantes de tapas. Yo le animé y asesoré… Y el padre entendió…, ¡Y hoy su cadena de restaurantes triunfa!

Qué orgullo, ¿no?

Sí. Otros están muy despistados por el entorno… A uno su novia le quería musculado, y… “He musculado tanto, ¡que ahora no quepo en el Masserati!”, me explicaba, muy serio y consternado. Por lo que esa tarde se compraba un Hummer, ese coche gigante: “Hoy no puedo venir a clase, porque vienen al jardín de casa los de los Hummer, que me traen sus seis modelos para que elija…”.

 

Desde el helicóptero
“¿Vamos a buscarle?”, preguntaron una vez a Leo Abadía por interfono al franquear la verja automática abierta a distancia. “Dije que no hacía falta… ¡y tuve que caminar veinte minutos por jardines y prados hasta llegar a la casa!”. Llegaba a la casa y le sonó el móvil: era su alumno: “¿Eres ese del jardín? ¡Estoy encima de ti, tomando mi clase de helicóptero! Ahora aterrizo a tu lado…”. Sus alumnos son así: “Juegan en otra liga, y yo no podré sacarlos de su entorno, pero sí ayudarles a racionalizar…”, explica Abadía. Lleva ya 23 años haciéndolo con éxito, y ahora explica su método en Escuela para millonarios (Espasa), libro que descubre los secretos que intenta enseñar a los hijos de los ricos.

 

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