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CRÍTICA DE TV | Los valores

18/03/11 por Victor Amela

Transmite la televisión valores? Debate en las aulas universitarias de Blanquerna, esta semana. ¡Seguro que los transmite!, incluso aunque no lo pretenda, propongo. No en balde ver la tele es la actividad más multitudinariamente practicada por la humanidad en este instante en que lees esto…

De OT se predicó en su día, verbigracia, que transmitía los valores de la cultura del esfuerzo y la superación. ¿Fue eso lo que fascinó de sus primeras ediciones? ¿O más bien el atractivo de asistir a la desesperación de jóvenes que ven en la televisión su patera de salvación, casi su único visado para una vida que sueñan mejor?

Lo que más ojos capta de todo lo que ofrece la televisión es la pugna, la lucha, el conflicto, la disputa, el rifirrafe, el choque de carneros. Pero sí: la televisión transmite algunos valores, quiera o no (la televisión, al cabo, es un artefacto sin alma: lo preocupante no es lo que la televisión nos hace, sino lo que nosotros le hacemos a la televisión): la presencia estelar de personajes como Belén Esteban o Kiko Hernández – que alardean de su incultura (Kiko Hernández decía anteayer que “punible” significa que “se puede poner”), que se jactan de su ignorancia, que manifiestan con orgullo de barriada sus carencias “porque yo lo valgo”-transmite un valor, el valor de que puedes empuñar tu ignorancia como un arma, una bandera de clase. El valor de que la chulería del ignaro cotiza al alza. Hubo un tiempo en que el ignorante y el inculto se avergonzaban y disimulaban su falta. Hoy, en cambio, los lerdos alardean de su mentecatez y se arrebujan en el “ande yo caliente y ríase la gente”, que es el valor de los valores, es el valor hegemónico.

Y los telespectadores de aluvión – los que suman- a los que las circunstancias han marginado de la instrucción o voluntariamente han abjurado de la cultura ven en estos iconos televisivos a figuras con las que identificarse y hasta redimirse y justificarse (de ahí su éxito), pues en su fuero interno deben de confortarse vicariamente, pensando que al menos hay alguien por ahí que está sacando buena tajada de su muy trabajada burricie.

Este es el valor de moda y cotiza en share democrático. Decía Borges que la democracia es la superstición de la estadística. La democracia perdura porque es un negocio de no te menees, al menos en cuanto media una pantalla. La democracia tal como la conocemos no se entendería sin la televisión.

 

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