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Libros: Artículo en “Qué Leer” sobre “Antología de Citas”

15/05/10 por Victor Amela

Soy periodista. O sea, transportista. Transporto ideas de un lugar a otro. Cargo ideas, experiencias, reflexiones, vivencias de mis entrevistados y las transporto hasta mis lectores, puerta a puerta. He venido al mundo para esto. Cumplo con mi destino desde hace 25 años en “La Vanguardia”. Para concretar, diría que he venido al mundo para hacer entrevistas. Lo hago desde hace doce años en “la contra” de mi diario, para la que me he sentado a charlar ya con 1.500 personas diferentes.

De cada una de ellas he ido anotándome alguna (o algunas) frases, reflexiones, máximas. En muchos casos, citas de pensadores clásicos, de filósofos de todas las épocas. Me excita coleccionar sentencias inspiradoras, en particular las que contienen paradojas (casi siempre aparentes), como aquella de Buñuel: “Soy ateo gracias a Dios”. Que me lleva a otra de Dalí: “Un día la ciencia demostrará la existencia de Dios”.

Anoto las frases más brillantes, las máximas más agudas, las reflexiones más inspiradoras, que me vienen a confirmar vagas intuiciones, que me hacen cosquillas en algún rincón del cerebro, o me paralizan, desconciertan, deslumbran, espantan o catapultan a otro lugar.

Un buen día, una editorial (Styria) me propuso confeccionar un libro de citas. Ya circulaban en el mercado editorial libros de citas, de dichos áureos (“aurea dicta”), de adagios y sentencias, lo que los clásicos llamaron “tesoros” de “acute dicta” (dichos agudos) y “dicte notabilia” (dichos notables). Pero un laborioso equipo de la editorial, tras rastrillar todas esas obras, husmear por Internet y clasificarlas informáticamente, me puso sobre la mesa un “corpus” de casi 30.000 citas –más del doble del libro en español que más contiene-, empaquetadas por conceptos ordenados alfabéticamente, como en un diccionario. Me entusiasmó, y volqué las que yo coleccionaba, repasé, ordené, revisé, coordiné y prologué la obra. Entendí que era el libro que me hubiese gustado consultar cuando era estudiante. El libro que cada día iba a abrir al azar para leer alguna de sus frases, como quien busca un augurio o consulta un oráculo. Todo alrededor nos habla (basta con saber leer): nada más elocuente para el alma que esta antología de citas.

Están las mejores citas de todos los tiempos, desde los filósofos presocráticos hasta Woody Allen, pasando por Oscar Wilde, inevitablemente. Por si acaso, he destacado en la solapa una de mis citas literarias favoritas (es de Plinio y la cita el prólogo del sublime “Lazarillo de Tormes”: “No hay libro, por malo que sea, que no contenga algo bueno”).

¿Son muchas, 30.000 citas? No tanto. Una persona que decida leer una frase al día, tardará sólo 82 años en leerlas todas: eso cabe en una vida humana (ahora somos lo bastante longevos). Si no te fías de tu salud, puedes leerte dos frases cada día, y las habrás leído todas en 41 años. Si eres persona apresurada, léete cuatro al día: en apenas 22 años habrás ventilado unos 25 siglos de pensamiento. Es como abrir un manual de filosofía en píldoras, ordenadas por asuntos universales: amor, amistad, felicidad, libertad, vida, sexo, muerte…

De sexo: “el sexo es lo más divertido que podemos hacer sin reír”, ha dicho Woody Allen. Y añade: “Hay dos cosas importantes en la vida: la primera es el sexo, la segunda… no me acuerdo”. De muerte: “Es preferible una buena muerte a una larga vida”, dice Séneca, estoico. Lo que me lleva a una de Andersen: “Disfruta la vida: hay mucho tiempo para estar muerto”. Lo que me lleva a una de Alain: “Así como la fresa sabe a fresa, la vida sabe a felicidad”. Lo que me lleva a una de Freud: “Sólo hay dos forma de ser feliz: una es hacerse el idota; la otra es serlo”. No estoy de acuerdo.

Como se infiere de las anteriores, prefiero el linaje de sentencias que han desembocado en la recientemente formulada por un popular gimnosofista etílico: “No estamos tan mal” (Laporta aún no figura en esta edición pero podría estarlo en la segunda), que a su vez emparento con otra de ochocientos años antes, enunciada por el primer filósofo en lengua catalana, Raimon Llull: “Ya que existimos, ¡alegrémonos!”. En la que resuena ésta de Epicteto: “No importa lo que te pase, sino cómo te tomas lo que te pase”, que a su vez vinculo a otra de Shakespeare, decisivamente radical y muy autoexigente: “Todo lo que sucede, conviene”. Si metabolizas esta idea en tu masa ósea, serás indestructible. Vivir acorde con esta máxima te convierte en sabio o en santo, que es lo mismo.

Como se ve, “Antología de citas” bien podría ser utilizado también como un libro de autoayuda. Sugiero abrir el libro al azar, señalar a ciegas una frase con el dedo índice, leerla, cerrar el libro, y descubrir cómo esa frase opera en ti, cómo resuena e ilumina algún rincón de tu alma o de tu día.

Por otra parte, ¿quién no tiene curiosidad por saber lo que han dicho los sabios sobre casi cualquier cosa? Aquí lo tienes. Recuerda lo que dijo Newton, uno de los mayores cerebros nacidos de madre: “Camino a hombros de gigantes”. Todos nos servimos del legado de lo que otros pensaron antes que nosotros. Montaigne escribía sus ensayos bajo un techado en cuyas vigas grabó sus frases favoritas de filósofos grecolatinos. Del mismo modo este libro puede servir a estudiantes para enriquecer un trabajo, y a letrados, ejecutivos, periodistas, profesores, escritores o sacerdotes que busquen apuntalar una idea o cristalizar una intuición.

Me preguntan a menudo cuál de estas frases es mi favorita. Digo siempre que me estimula una de Cesare Pavese: “El mundo es hermoso porque hay de todo”, no porque sea sólo bueno y bonito, lo que para mí encaja con otra sentencia de Protágoras que debiera ser lema de periodistas: “El mundo está lleno de prodigios, pero nada más prodigioso que el ser humano”. Y nunca olvido lo que un chico adolescente de Esparreguera, sentado en silla de ruedas a causa de un tratamiento por leucemia, y en la que había dado con 15 años la vuelta al mundo sin un céntimo en el bolsillo y con sólo una baraja de naipes, me dijo en una entrevista, sonriendo de oreja a oreja y con el pelo teñido de azul: “¡Qué sencillo es el mundo!”

Con esta frase revolucionaria, subversiva, Albert Casals (nuestro hombre) tumba todos los informativos ominosos de la tele, pues desmiente que el mundo sea un lugar adverso y peligroso. Algunas frases humildes enseñan algo muy grande: que el mundo es un lugar que merece la pena, con todos sus hijos de puta incluidos.

Puedes encontrar “Antología de Citas” aquí.

Creative Commons License photo credit: rAmmoRRison

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